desprende su rocío,
para caer inocente,
sobre el pétalo dormido.
El terciopelo inerte
se enjuga en la humedad
para abrir sus poros fértiles.
El vello impávido,
se tuerce de cansancio,
recostándose también,
en los brazos del pétalo,
. . . en la cuna de tu piel.
La pluma del poeta
va libando el zumo del néctar,
para esparcirlo en letras,
sobre la corola de esa flor.
Indómitos, cabalgan los versos
en la pradera mansa
de tu espalda,
rozando apenas,
con algún verbo,
la cáscara frágil que te cubre.
En el camafeo del pétalo
quedó tatuado
el lirismo de un verso.
Un céfiro de poesía,
que la flor nacida de tu piel,
eterna y fiel,
por siempre llevará.





