maquillando el acaecer de las sombras.
Para trocarse en noche ardiente,
Para parir cueros hambrientos.
Cae el instante hecho verso,
entre los guijarros blancos de tu boca,
para volverse poema embravecido.
Engalanas mi piel con un beso,
Engalanas mi piel con un beso,
soltando las riendas a los sentidos.
Me ahoga el iracundo aroma de esas rosas,
buscadoras de perlas, en mis sueños.
Heraldas . . .,
de intangibles deseos,
cabalgan su brío en mis espaldas.
Le crecen alas a la cintura,
acompañando el vuelo de gónadas.
Apretado queda el sol entre las lunas,
desgajando el cielo entre tus senos.
Los tejados maúllan el placer de una lluvia.
El grito es la antesala del devenir de lo cierto.
Rompe su ojal virgen la noche,
y se resbalan las lágrimas,
en un sollozado y elocuente silencio.
Se ha muerto la niña del cuento.
En su regazo han quedado sus sueños.
Ahora es recuerdo, de esa mujer,
que sin serlo,
dejó pegada su inocencia en mi lecho.
buscadoras de perlas, en mis sueños.
Heraldas . . .,
de intangibles deseos,
cabalgan su brío en mis espaldas.
Le crecen alas a la cintura,
acompañando el vuelo de gónadas.
Apretado queda el sol entre las lunas,
desgajando el cielo entre tus senos.
Los tejados maúllan el placer de una lluvia.
El grito es la antesala del devenir de lo cierto.
Rompe su ojal virgen la noche,
y se resbalan las lágrimas,
en un sollozado y elocuente silencio.
Se ha muerto la niña del cuento.
En su regazo han quedado sus sueños.
Ahora es recuerdo, de esa mujer,
que sin serlo,
dejó pegada su inocencia en mi lecho.


